Artículo publicado en la revista C de Cultura dentro de la sección de viajes:


Destino: Granada, España
Escrito por Alejandro Glatt 10 de marzo del 2017.

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Después de casi un mes de recorrido y constante viaje por alrededor de España; Trenes, camiones y largas caminatas, mi mochila, pies y patineta llegamos a aquel destino del cual tantos viajeros cuentan un sinfín de historias y leyendas, una ciudad remota en el cono sur de España, una ciudad misteriosa, cálida y muy amigable. La voraz e histórica Granada.




En el momento en el que salí de la estación, un hombre sentado de piernas cruzadas, tejiendo brazaletes y collares amablemente me indicó como llegar al hostal que estaba buscando, y con una mirada profunda y llena de sabiduría me dijo francamente “Bienvenido a Granada, ten mucho cuidado, es muy fácil llegar a esta ciudad sin embargo no lo es abandonarla”

Estas palabras me dejaron conmovido y con ansias de descubrir el porqué de estas misteriosas palabras.

Encontré mi hostal, dejé mis pertenencias y rápidamente comencé a explorar la ciudad, caminar (las calles son empedradas por lo que me fue imposible patinar) caminar. Respirar y observar.



No conocía a nadie en esa ciudad, no tenía ni la más mínima idea sobre a que era a lo que mis ojos se estaban enfrentando. Después de una larga caminata sin destino (el camino es el destino) mis pies toparon con la orilla del río. Me arranque las pocas prendas sobre mí y me tiré a ese helado río. De pronto, del otro lado me encontré con dos hermosas chicas quienes me saludaron, me invitaron a sentarme con ellas y me regalaron una extraña fruta. Fluir fluir fluir. De pronto me encontraba escalando dentro de una cueva en busca de piedras preciosas y aullando como lobo marino. Libre, feliz.

Salí del río inspirado, con ganas de más. Seguí caminando hasta toparme con un grupo de aproximadamente 10 personas reunidas en un círculo, cada uno de ellos emitiendo un sonido, tocando un instrumento o bailando exaltadamente, expresándose sin prejuicio alguno. Poca ropa, descalzos y con olor a libertad, recibí invitación para unirme al círculo, me pasaron un pandero y de pronto me volví parte del ritual. “No importa quién eres, lo que importa que eres” Fue una frase que me dijo una chica llamada Luna, quien con un fuerte abrazo me hizo sentir en casa, en armonía y paz.




Es así como pasaron los días en esta mágica y pequeña ciudad, todos los días viendo a las mismas personas en los mismos sitios, así como conociendo nuevas en todo momento. Perdí la cuenta de los días, de las horas. Todo momento resultaba ser un momento de inspiración. Conmigo cargaba mi libreta en la cual con tinta llenaba de conocimiento, sabiduría y experiencias tanto personales como relatadas por otros.

En una de las mágicas noches, me topé con un hombre sentado al final de un puente, una silla con una máquina de escribir frente a sus ojos, tecleando a una tremenda velocidad. Imprimiendo pequeños papeles y entregándoselos a quien se acercara a conversar con él. Me llamó mucho la atención y sin mencionar palabra alguna, me senté a su lado para observar lo que estaba sucediendo. “Saliendo del mercado, mi canasta llena de frutas. Soy Feliz” Decía un papel que me entregó con una gran sonrisa. Pasaron las horas y yo seguía sin abrir la boca, contemplando, observando. Discusiones sobre el feminismo con unas chicas alemanas. Lágrimas y relatos de un hombre italiano. Todos tenían una historia que compartir con este gran ser humano, quien después de un tiempo me enteré era un Poeta Argentino, quien al igual que miles de habitantes en la ciudad, abandonó todo lo que tenía y migró a este mágico sitio.



Los días pasaban y yo dejé de percibir el tiempo, todo era un sueño, todo era bello.

Cientos de páginas en mi libreta llenas de tinta. Cientos de amistades. Mucho amor.

Un día se me ocurrió preguntar qué fecha era y me di cuenta que dentro de pocos días mi viaje terminaría y empezaría un nuevo semestre en la universidad, en México, en mi vida “normal”. Aún tenía mucho por explorar, no me podía estancar. Coloqué mi mochila sobre mis hombros y caminé hacia las puertas de la ciudad. Me encontré a el hombre que me dio la bienvenida en ese mismo sitio en donde lo encontré, me entregó un cuarzo rosado y me sonrió una vez más. No miré atrás, abordé el primer autobús y me fui.

Querida Granada, algún día nos volveremos a encontrar.

EL CAMINO ES EL DESTINO






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